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Sobre la contradicción – Carlos Abrego


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contradicciones-todo – carlos-abrego Sobre la contradiccion

Sobre la contradicción

 

Me propongo aquí cumplir con la promesa que dejé pendiente en el artículo “Las raíces

profundas  del  oportunismo  en  El  Salvador”,  que  publiqué  en  mi  blog  “Cosas  tan

pasajeras”.  Dije  que  iba  a  hablar  de  la  contradicción  dialéctica.  Se  trata  de  un  tema extremadamente  complicado,  pues  esta  categoría  filosófica  es  considerada  como  central dentro  del  conjunto  de  categorías  del  materialismo  dialéctico.  No  deseo  entrar  en preámbulos largos y justificativos, entro en el tema inmediatamente.

 

Malentendido o desconocimiento

 

Lo primero que voy a señalar es un malentendido y  un reproche que muchos le dirigen a la dialéctica,  sin  haber  comprendido  la  diferencia  y  los  aportes  suyos  al  tratar  de  la contradicción.  En  la  lógica  formal  —desde  Platón  y  sobre  todo  desde  Aristóteles—  se  ha regido justamente por el principio de la contradicción (o de no-contradicción) que se enuncia generalmente combinándolo con el principio de identidad:  una cosa es lo que es,  entonces si una  cosa  es  lo  que  es,  no  puede  ser  su  contrario  al  mismo  tiempo  y  en  el  mismo  orden  o relación  y  a  esto  se  le  agrega  el  tercer  principio  que  se  llama  del  tercer  excluido,  una proposición sobre una cosa es cierta o falsa, no hay tercera posibilidad.

 

Desde la Grecia antigua estos tres principios son considerados universalmente como axiomas irrefutables de todo pensamiento susceptible  en su forma  de ser reconocido como verdadero.

Estos principios son el sólido fundamento de lo que se acepta en todas partes por lógico, en el centro de esta aceptación figura el imperativo cardinal de no-contradicción. Aquí surge lo que origina  el  malentendido  del  que  acabo  de  hablar,  la  opinión  corriente  de  aquellos  que  no conocen para nada la lógica dialéctica, afirman que ella es un modo de pensar absurdo, que toma por principio  el derecho de contradecirse, lo que significa aceptar afirmar algo sin decir nada, aceptar a no producir ningún sentido.

 

Esta objeción es bastante primitiva, burda, grosera y como afirma el filósofo francés Lucien Sève,  que  esto  traduce  “el  grado  de  desconocimiento  al  que  se  encuentra  ordinariamente expuesta la impresionante racionalidad de un Hegel o de un Marx”. Ellos nunca recusaron la lógica formal, al contrario la han observado con extrema vigilancia, hasta el momento en que esta  lógica  clásica  suscita  por  su  propio  movimiento  contradicciones  que  declara  como insolubles,  como  son  las  antinomias  señaladas  por  Kant.  La  dialéctica  no  se  resigna  a aceptarlas. Otro francés,  Henri Lefebvre,  decía que  “la teoría de las contradicciones no puede ser contradictoria”.

 

Las posiciones que caracterizan tanto a Hegel como a Marx pueden ser enunciadas de manera totalmente exentas  de ambigüedades. Lo que quiere decir que ambos han respetado las reglas más  clásicas  de  la  lógica,  lo  que  significa  que  ambos  producen  sentencias  con  sentido.

Muchos pueden alegar que Hegel es oscuro y que su lectura es ardua, pero eso no se debe de ninguna manera a que Hegel se tome libertades con las leyes admitidas de la enunciación.

 

Un postulado ontológico aristotélico

 

Existe otro punto previo que deseo tratar y que por lo general se deja de lado o se aborda sin darle  mayor  importancia.  Aristóteles  al  discutir  en  su  Metafísica  con  Anaxágoras  se  ve obligado a aceptar que en  los entes sensibles se puede dar al mismo tiempo y en el mismo orden  contradicciones  y  contrarios  porque  como  dice  Anaxágoras  “todo  está  mezclado  en todo”  (1009,  28),  admite  también  “en  potencia,  es  posible  que  una  misma  cosa  sea simultáneamente los contrarios, pero en entelequia no”. Y luego viene un pedido que posee el cariz más de un postulado que de una afirmación apodíctica: “Y todavía  les pediremos que admitan  que  hay  también  otra  substancia,  entre  los  entes,  que  no  tiene  en  absoluto  ni movimiento ni  corrupción ni generación” (1009,  28,29). Afirma además Aristóteles que los que  “heraclitizan”  consideran  que  “sólo  eran  entes  los  sensibles”,  añade  que  estos  entes sensibles  “son  los  menos  numerosos”  y  que  estos  filósofos  los  extendieron  “a  todo  el universo”. Reconoce al mismo tiempo que “en efecto, sólo la región de lo sensible que nos rodea  está  permanentemente  en  corrupción  y  generación”,  pero  de  inmediato  lo  minimiza afirmando que esta región de entes sensibles “ni siquiera es una parte del todo”, para  concluir que  es  menester  “en  efecto,  mostrarles  que  hay  una  naturaleza  inmóvil,  y  persuadirles  de ello”.  Este  punto  de  suma  importancia  es  poco  señalado,  el  principio  lógico  de  nocontradicción  resulta  de  hecho  solidario  de  un  postulado  ontológico  “les  pediremos  que admitan…”.  La  esencia  invariante  —ocultada  por  el  cambio  universal  de  lo  sensible—  no

constituye  la  verdad  última  del  ser.  De  inmediato  se  manifiesta  así  con  claridad  meridiana para los que no se cierran los ojos, que la legitimidad en su orden propio de la lógica de la nocontradicción excluye, no obstante a través de un postulado, la validez no contradicha de la

“concordancia de los contrarios”, postulado evidente por el estado de los saberes de antaño y descalificado por los conocimientos de hoy.

 

Más allá de la confusa inestabilidad de lo sensible, si consideramos el mundo en su esencial

constancia inteligible, se nos impone la lógica de la identidad formulada por Aristóteles, pero

también  más  allá  de  esta  relativa  invariancia  del  mundo,  si  a  la  luz  de los  saberes  actuales

consideramos su más fundamental evolución universal, ¿acaso no es un pensamiento instruido

de la contradicción que tiene que tomar el relevo de la simplificadora lógica de la identidad?

¿No será este todo el sentido de la dialéctica en la significación moderna de la palabra?

 

Imágenes y conceptos

 

El conocimiento, todo conocimiento, en la historia de la humanidad, como en la vida de cada

individuo,  tiene  como  punto  de  partida  las  imágenes  mentales  que  son  el  resultado  de  la

acción de la realidad material sobre nuestros sentidos. André Leroi Gourhan famoso etnólogo

y  arqueólogo  francés  les  llama  a  los  sentidos  “órganos  de  relación”  esta  denominación

veremos  tiene  su  profunda  coherencia  dialéctica.  Las  imágenes  que  nos  entrega  el  mundo

circundante  son  ricas,  precisas  y  verídicas  tanto  más  que  nosotros  no  las  recibimos

pasivamente,  de  manera  desatenta,  sino  que  las  buscamos  a  través  de  nuestras  actividades

perceptivas elaboradas y vigilantes, partes integrantes de nuestras relaciones  prácticas con el

mundo  natural  y  social:  no  se  trata  de  un  simple  oír  o  un  simple  ver,  sino  que  hemos

aprendido a escuchar  y a mirar. Estas imágenes son concretas  y particulares. Concretas por

 

que  los  diversos  aspectos  inmediatos  de  su  objeto  me  son  entregados  como  en  gajo,  en

racimos.

Algunos  tal  vez  recuerden  el  ejemplo  que  da  René  Descartes  en  sus  “Meditaciones

Metafísicas” de la cera de un panal de abejas que se acaba de sacar y nos describe la dulzura

de su sabor, el olor a flores, etc. Toda imagen sensible nos aparece en total evidencia como la

cosa misma, en la multiplicidad de sus cualidades, de sus relaciones inmediatas con las otras

cosas y con nosotros mismos. Al ser concreta la imagen es particular, incluso singular, única.

Es  la  imagen  de  esta  realidad,  diferente  de  esta  otra,  de  cualquier  otra,  aun  sea  por  el  más

mínimo detalle.

 

Por esto mismo, si la imagen es el  punto de partida  de nuestro conocimiento está destinada a

permanecer como su grado primitivo, limitado e  inesencial  y todo lo que en  el objeto tiene

una significación permanece inmerso en lo particular, puesto que inseparable de los aspectos

cambiantes de las cosas y de sus relaciones variables entre ellas y nosotros mismos, la imagen

es incapaz de aprehender lo que define en propio a cada una de ellas y de manera permanente.

Descartes continúa su meditación describiéndonos lo que le sucede a la cera del panal si la

acercamos a una llama, se vuelve líquida, pierde su aroma, la dulzura de la miel, apenas se

puede tocar y si la golpeamos no produce ningún sonido. El filósofo se interroga ¿es la misma

cera la que permanece después de estos cambios? “Es menester confesarlo que permanece y

nadie puede negarlo” concluye Descartes. Significa entonces que la verdadera consistencia de

las  cosas  se  halla  más  allá  de  lo  que  nos  presenta  el  conocimiento  sensible  y  no  se  puede

alcanzar sino que con un conocimiento de un orden distinto, no es pues con los sentidos, sino

que con el intelecto, lo que la filosofía clásica llama el entendimiento.

 

No me estoy desviando del tema, estoy introduciendo algunos conceptos que van a ser útiles e

indispensables más adelante. Este conocimiento de otro orden entra a actuar cuando le damos

nombres a las cosas. Cuando le damos un nombre común a una cosa, por ejemplo  cera, estoy

dejando de lado las particularidades sensibles que presentan en tanto que  este objeto preciso y

que se diferencian de las que podemos encontrar en otro objeto del mismo nombre. Dejar de

lado es abstraer, es decir yo hago abstracción mentalmente de las particularidades individuales

y  retengo  en  mi  mente  las  propiedades  comunes  de  todos  los  objetos  del  mismo  nombre,

invariablemente  constitutivas  de  su  naturaleza.  Propiedades  que  las  diferencian  de  otras  de

distinta especie y que las definen como pertenecientes a una clase lógica. Están incluidas tanto

en extensión (qué objetos abarca) y en comprensión (qué características debe poseer un objeto

para ser abarcado en esta clase). Con esto ya no tenemos una imagen, sino un  concepto  del

objeto.

 

El concepto  del entendimiento es una representación mental abstracta que abarca o reúne los

caracteres necesarios comunes a todos los objetos de una misma clase lógica. Según la lógica

formal  una  definición  correcta  y  válida  tiene  que  atenerse  también  al  principio  de  la  nocontradicción, pues es la que define lo que la cosa es, es la que le otorga su identidad a la cosa

definida y por supuesto también tiene que ser  cierta. Sobre este último punto volveremos más

adelante.

 

Todos gozamos de reflexión

 

Las  imágenes  mentales  que  recibimos  y  recogemos  del  mundo  exterior  por  medio  de  los

sentidos  constituyen  el  contenido  de  nuestra  consciencia,  estas  imágenes  como  lo  dijimos

anteriormente  son  el  punto  de  partida  de  nuestro  conocimiento  que  se  transforma  en

conceptos cuando comenzamos a distinguir lo que les es propio, lo que es común con otros

objetos de la misma especie. Dijimos que ya al nombrar la cosa la estamos incluyendo en una

clase, que hemos hecho  una abstracción, al mismo tiempo nos hemos alejado de la imagen

mental y hemos entrado al campo del intelecto y nos hemos forjado una representación mental

de la cosa. La representación es un primer paso en el orden del pensamiento. Hegel en el § 3

de  su  Enciclopedia  de  las  ciencias  filosóficas  afirma  que  “Sentimientos,  intuiciones,

apetencias,  voliciones,  etc.,  en  cuanto  tenemos  conciencia  de  ellos,  son  denominados,  en

general,  representaciones;  por  esto  se  puede  decir,  en  general,  que  la  filosofía  pone,  en  el

lugar  de  las  representaciones,  pensamientos,  categorías,  y  más  propiamente,  conceptos”.

Hegel desde el primer parágrafo de su Enciclopedia  nos advierte que “la consciencia antes de

formarse  conceptos,  se  forma  representaciones  de  los  objetos  y  el  espíritu  pensador  sólo  a

través de las representaciones, y trabajando sobre ellas, puede alzarse hasta el conocimiento

pensado y el concepto”.

 

Lo que Hegel nos está indicando indirectamente en estas iniciales proposiciones es también

que  todos  tenemos  esa  capacidad  reflexiva  y  que  todos  somos  capaces  de  adquirir  un

conocimiento  que  va  más  allá  de  la  simple  representación  de  la  realidad  y  llegar  a  un

conocimiento superior. De la misma manera que por un hábito generalizado somos capaces de

pensar  apegados  a  la  lógica  formal,  de  la  misma  manera  casi  todos  hemos  enunciado

contenidos  dialécticos,  puede  que  se  trate  de  una  dialéctica  aún  ingenua  como  la  de  los

antiguos griegos. Veamos un ejemplo, que voy a tomar prestado de un conocido poema del

poeta chileno Pablo Neruda:

 

“La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.

 

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.

 

Estos hermosos versos de Neruda tienen un significado transparente y no hay nadie que dude

de su significado y que no lo entienda, no obstante este verso está contradiciendo el  principio

de  identidad  que  hemos  indicado  como  irrevocable  si  queremos  pensar  correctamente:  en

suma  Neruda  nos  dice,  los  mismos  ya  no  somos  los  mismos.  ¿De  qué  se  trata?  Cuando

Heráclito de Éfeso afirma que “En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no

somos  los  mismos”,  —esta  sentencia  es  más  conocida  en  la  versión  que  da  Platón  en  el

Crátilo  “no  se  puede  entrar  dos  veces  en  el  mismo  río”—  está  refiriéndose  a  lo  mismo,  al

cambio, nadie duda que en el fondo seguimos siendo esencialmente los mismos, pero algo en

nosotros ha cambiado que nos hace diferentes. Ese algo posiblemente inesencial puede que

sean cambios cuantitativos: menos cabellos, la piel menos reluciente o simplemente más años.

El curso del río, su lecho no ha cambiado, pero no es la misma agua. Todos sabemos que en

cualquier parte del curso del río le seguiremos llamando Lempa, lo seguiremos identificando.

 

Lo firme e inmóvil y el cambio permanente

 

Las diferencias pueden ser insignificantes y en esto todos podemos ponernos de acuerdo, ¿sin

embargo lógicamente quién no palpa la crucial diferencia entre la identidad inflexible, firme e

inmóvil (es el mismo, no ha cambiado en nada) y la identidad modificada (es el mismo, pero

ha cambiado en algo)? Entre estos dos enunciados no hay sólo diferencia en el sentido de la

lógica  de  la  identidad,  hay  formalmente  una  oposición.  Se  trata  de  una  oposición  de  un

alcance ingente, puesto que la continuidad de la vida es esencialmente cambio permanente. Si

dejo de cambiar es porque estoy muerto, incluso muertos seguimos cambiando, aunque estos

cambios ya no sean vitales, ya no pertenecen a la vida, sino que son de descomposición. La

conclusión que se impone es  “la identidad de un ser vivo incluye necesariamente la repetitiva

diferencia  consigo  mismo”.  Nos  estamos  percatando  de  alguna  manera  que  identidad  y

diferencia  son  no  obstante  lo  mismo.  Esta  es  una  de  las  tesis  de  Hegel  que  se  proclama

incomprensible, incluso como absurda: identidad y diferencia son idénticas.

Los  dos  ejemplos  que  hemos  abordado  tratan  de  cambios,  movimientos,  ¿significa  que  la

lógica  formal  nos  bastaría  para  pensar  lo  inmóvil  y  que  la  lógica  dialéctica  irrumpe

únicamente  cuando intervienen los cambios? Es así que  con mucha frecuencia presentan el

asunto incluso los partidarios de la dialéctica: es la lógica de los procesos. ¿Podemos entonces

afirmar  que  la  lógica  clásica  baste  para  pensar  las  relaciones  consideradas  fuera  de  todo

cambio?

 

Abordemos  otro  ejemplo,  las  relaciones  entre  el  todo  y  sus  partes.  En  la  representación

clásica, las partes son simples elementos del todo y el todo la simple suma de sus elementos.

El todo y las partes designan cosas totalmente independientes: el todo no está contenido de

ante mano en las partes: si por una de las casualidades me pongo a hacer una pupusa su todo

no se encuentra ya contenido en la masa, los frijoles, el queso, el chicharrón y los lorocos y

las partes no dependen tampoco del todo, la masa, los frijoles, el queso, el chicharrón y los

lorocos existen afuera del todo de la pupusa. Ahora bien, supongamos que puedo hacer una

pupusa sin lorocos, únicamente con frijoles, queso, chicharrón, masa. Si los lorocos son en la

primera receta una  parte de la pupusa, significa entonces que  el tipo del todo  deseado es el

que decide así: hago una pupusa con lorocos. Los lorocos son un componente de la pupusa

porque el todo previsto lo exige así: las partes son  partes  en tanto que  partes-de-ese-todo, el

todo  es  tal  solo  en  tanto  que  el-todo-de-esas-partes,  en  este  sentido  partes  y  todo,  estos

contrarios,  son  lo  mismo.  De  nuevo  pues  la  dialéctica.  Nos  hemos  ocupado  aquí  de  un

ejemplo  sencillo,  con  un  todo  de  carácter  elemental,  simple  suma  de  sus  partes.  Si

ponderamos un todo de un tipo muchísimo más complejo, como el de un organismo viviente,

la  identidad  del  todo  y  de  sus  partes  es  incomparablemente  mucho  más  verdadera.  Los

arqueólogos  pueden  reconstruir  el  todo  de  un  animal  a  partir  de  una  de  sus  partes,  por

ejemplo un fragmento de un diente e  incluso hablarnos de su modo de vida: existe  la efectiva

presencia  del  todo  en  cada  una  de  sus  partes,  efectiva  inherencia  de  las  partes  a  un  todo

determinado. La relación inmóvil, considerada en su verdadera complejidad, es tan dialéctica

como la del cambio.

 

Unidad e identidad de los contrarios

 

Antes  de  seguir,  es  necesario  que  aclaremos  algunos  aspectos  de  lo  que  hemos  escrito

precedentemente sobre la unidad  y la identidad de los contrarios. Sobre la unidad no creo que

sean muchos los que no vean claramente que al decir “abajo” obligatoriamente pensamos en

“arriba”, pues sin este segundo término el primero no significaría nada. Lo mismo podemos

decir  de  los  polos  de  un  imán,  ambos  se  suponen  y  son  dos  en  uno.  Con  esto  queda

demostrado  uno  de  los  límites  del  principio  de  no  contradicción,  no  obstante  existe  el  otro

momento,  ¿son  realmente  idénticos?  Es  decir  ¿son  idénticos  o  son  lo  mismo  en  el  mismo

orden, en el mismo respecto?

 

Veamos esto de más cerca, alto y bajo son dos lados de lo mismo, son una pareja, pero son

dos cosas diferentes, alto no es lo bajo y viceversa. Nadie va a aceptar que son idénticos, son

diferentes. Hay un solo imán pero dos polos diferentes. No se puede decir que son dos y uno

al mismo tiempo y en el mismo respecto. Esto lo podemos decir sobre todos los ejemplos que

hemos puesto en lo que precede: ninguno de los contrarios es idéntico en la misma relación,

en el mismo orden.

 

Podemos aceptar que el fósil tenga las mismas características que el todo del animal al que

perteneció,  podemos  deducir  el  todo,  pero  no  podemos  decir  que  son  idénticos,  que  son  la

misma cosa. Son diferentes. Pero pensar dialécticamente no consiste en negar las diferencias

de los contrarios.

 

Los contrarios no son la misma cosa, sino que son el mismo respecto, la misma relación y es

en este sentido que estos diferentes son  idénticos. El pensar dialéctico pone en evidencia la

profunda  falsedad  de  considerar  los  contrarios  como  dos  cosas  que  se  pueden  pensar  por

separado: lo alto por un lado y lo bajo por el otro, lo verdadero por un lado y la falso por el

otro, mientras que ellos son el mismo respecto, la misma relación, una misma relación con

dos polos: la relación de posición, alto y bajo, la relación gnoseológica, verdadero y falso. Son

pues dos en uno.

 

La dialéctica no suprime la lógica formal

 

Esto  presenta  al  principio  aristotélico  de  la  identidad  como  un  momento  necesario,  pero  al

mismo tiempo un momento provisorio del pensar que debe de ser superado   por el principio

dialéctico  de  identidad-diferencia,  por  ende  también  de  una  contradicción  válida  entre  dos

términos  que  han  sido  rigurosa  y  previamente  definidos  de  manera  no  contradictoria.  Esto

último significa que la dialéctica no suprime la lógica formal, sino que la  supera, podemos

considerar  la  dialéctica  como  las  matemáticas  superiores  respecto  a  la  aritmética  que  es  la

lógica clásica.

 

La lógica formal no toma en cuenta el momento dialéctico, lo que la condena a dejar afuera de

su alcance pensar las relaciones y los procesos, es decir la realidad viva del mundo que nos

circunda.  La lógica formal es incapaz de explicar  en qué consiste una  síntesis en la que  es

evidente que dos forman uno.

 

Los enemigos de la dialéctica, los que se oponen a ella incluso sin haberla leído seriamente,

sin haber estudiado a Hegel con el merecido y necesario detenimiento, lo acusan que pretende

el absurdo, de que los contrarios son  una misma cosa, mientras que todo el trabajo hegeliano

ha consistido en mostrar, en hacer entender que los contrarios en nada son  una  cosa, sino que

precisamente una relación, un respecto. Es esto lo que resulta imposible pensar, cuando uno

se empecina en despedazar el mundo en partículas separadas e inmóviles.

Los  que  se  limitan  a  la  lógica  formal  insisten  que  los  contrarios  no  pueden  ser  y  no  son

equivalentes  simultáneamente,  que  los  contrarios  son  verdaderos  tomados  bajo  dos  órdenes

diferentes, en el poema de Neruda los de “entonces” y los de “ahora” no son los mismos en

tanto que personas físicas o tal vez también sentimentalmente, pero sí son los mismos en tanto

que  personas,  que  individuos.  Esto  es  totalmente  cierto  de  manera  formal,  pero  queda  por

saber cuál es el costo que  tiene  esta consideración. No es muy alto si tomamos las cosas por

separado  o  fuera  del  tiempo,  es  decir  cuando  hacemos  abstracción  de  las  relaciones  y  del

movimiento. Estamos simplemente enunciando formalmente hechos: este hueso es un pedazo

de un animal desaparecido del cual ignoramos todo, este pájaro que vuela está aquí en este

instante y no en otra parte, en tanto que persona soy  el mismo hoy como ayer y de ninguna

manera puedo ser otro. En apariencia no hay pues ninguna objeción de parte de la dialéctica,

pero  si  nos  detenemos  un  instante  a  ver  con  mayor  acuidad  las  cosas,  el  rechazo  de  la

contradicción formal nos conduce a contradicciones reales. Si el fósil, simple vestigio de un

animal  desaparecido,  no  es  al  mismo  tiempo  otra  cosa  que  una  de  sus  ínfimas  partes,  es

totalmente contradictorio que no obstante pueda informarnos lo que era el ser en su totalidad;

si  el  pájaro  que  vuela  está  en  cada  instante  preciso  en  un  lugar  preciso  y  no  al  contrario

también de paso hacia otro lugar,   entonces es contradictorio que vuele; si cada día soy  el

mismo que ayer y no al mismo tiempo soy otro, esto es contradictorio con el hecho de que

tengo una  historia personal. Es esto lo que sugiere el verso de Pablo Neruda: “Nosotros, los

de entonces, ya no somos los mismos”. Cada uno se imagina todo lo que ha podido cambiar en

ellos y por qué ya no son los mismos, por qué son otros.

 

La dialéctica positiva

 

Esta es la primera función de la dialéctica, la crítica, esta dialéctica  negativa  revela todo lo

que no alcanza a ver la lógica formal arropada en la aparente evidencia adquirida de la nocontradicción,  pues  lo  que  queda  afuera  de  su  alcance  tiene  un  costo  teórico  y  práctico:

 

porque de un lado se guarda de no caer en la contradicción y por el otro deja afuera la relación

y el movimiento, nada más ni menos que el orden del mundo y la lógica misma de la vida.

De esta dialéctica negativa es menester pasar a la dialéctica positiva que nos ponga al alcance

la  manera  de  dominar  las  contradicciones  en  pensamiento  y  en  acto.  Pero  antes  de  dar  ese

paso, voy a insistir de nuevo en lo que hemos visto hasta aquí.  La lógica formal, la lógica

clásica nos manda a rechazar la contradicción, lo que parece conforme al sentido común. Sin

embargo  al  conformarnos  a  este  precepto,  nos  vemos  obligados  a  comprobar  que  cuando

nosotros deseamos pensar las relaciones y los procesos, es decir la realidad del mundo, la nocontradicción en el discurso inevitablemente hace surgir contradicciones en la realidad misma

de las cosas: si nosotros somos los mismos que éramos ayer sin poder ser al mismo tiempo un

poco diferentes, es decir un poco otros  —identidad formal—, dejamos de entendernos como

 

seres  vivientes  y  cambiantes,  contradicción  dialéctica  en  su  momento  negativo.  Lo  que  no

significa  decretar  falsa  la  lógica  clásica,  sino  que  ver  en  ella  una  simplificación  de  todo  el

pensamiento  y  a  reconocer  en  la  dialéctica  —en  la  que  brota  el  sentido  que  puede  tener  la

contradicción— una lógica más penetrante de las relaciones y los procesos.

Se puede completar este esbozo de la contradicción con un ejemplo tal vez más significativo:

la causa y el efecto. La causalidad mecánica es un ejemplo elemental de la lógica formal: por

ejemplo, cuando en la circulación urbana ocurre  un accidente, vemos que el automóvil „A‟

choca con el automóvil „B‟, que está parado en un “alto”, pues el choque lo hace moverse.

Aquí es claro que el movimiento del primero  es la causa, el movimiento del segundo es la

consecuencia. Causa y consecuencia son dos contrarios en la lógica de la identidad: el sentido

de cada uno es claro y distinto, su  contrariedad  resulta evidente, su relación es unívoca, no

hay nada que dé pie para ver alguna contradicción. No obstante, si en el choque el vehículo

„B‟ se puso en movimiento por causa del vehículo „A‟, pero la velocidad, la trayectoria de „A‟

han sufrido cambios, incluso lo más probable es que se detenga, que pierda su movimiento.

Lo que observamos es que a la primera causa viene a emparejarse la segunda, la de „B‟ sobre

„A‟.  La relación unívoca que teníamos  al principio ha sufrido una metamorfosis  y tenemos

una relación recíproca, la causa que trajo la consecuencia se ve afectada por esta consecuencia

que se vuelve causa para ella. ¿Acaso no estamos frente a una unidad de contrarios? Sí, toda

causa que entra en juego es a su vez efecto de su propia acción, ¿pero en qué consiste aquí su

dialecticidad?   El  lógico  formal  nos  dirá  que  aquí  no  hay  ninguna  contradicción,  hay

interacción, lo que es totalmente distinto: coinciden dos acciones causales   recíprocas, pero se

mantienen distintas. Esto es cierto de  alguna manera,  cuando  apenas tomamos en cuenta la

unidad  y no la  identidad de los contrarios. ¿Cómo podemos hacer la diferencia en el choque

entre la acción causal de „A‟ sobre „B‟ y la de „B‟ sobre „A‟? Imposible decirlo. Imaginemos

ahora  que  los  coches  vienen  en  sentido  contrario  uno  del  otro  y  chocan  frente  a  frente,

imposible  saber  cuál  fuerza  es  la  causa  y  cuál  es  la  consecuencia.   Este  argumento  de  la

interacción pretende ignorar el evidente  devenir-idéntico  de la causa y del efecto, es decir la

dialéctica de la relación causal.

 

Corrupción y generación

 

Dialéctica  mucho  más  imponente  cuando  entran  en  relación  no  objetos  inertes,  sino

organismos  vivientes  y  seres  conscientes:  la  manera  misma  en  que  un  ser  reacciona  a  la

acción causal externa es fundamentalmente causada por lo que él mismo es internamente —lo

que  un  organismo  tolera,  otro  lo  rechaza—   el  enmarañamiento  de  la  causa  y  del  efecto  se

vuelve  inextricable,  su  identidad  salta  a  la  vista.  Ejemplo  significativo  de  la  diferencia  del

nivel entre una lógica de clarificación elemental y una dialéctica de comprensión compleja.

Pasemos  ahora  a  ver  el  momento  positivo  de  la  dialéctica,  la  cual  nos  puede  ayudar  a

solventar,  resolver  o  superar  las  contradicciones.  También  aquí  tomemos  un  ejemplo.  Si

volvemos a una frase de Aristóteles que citamos al principio en su discusión con Anaxágoras

y en la que parcialmente le da razón aceptando la existencia de contradicciones: “en efecto,

sólo  la  región  de  lo  sensible  que  nos  rodea  está  permanentemente  en  corrupción  y

generación”.  Esta  corrupción  y  esta  generación  tomadas  por  separado  como  lo  hace  el

entendimiento sin dialéctica tampoco constituyen una contradicción. Pero tomémosla ahora en

 

su unidad: veremos aparecer una unidad más verdadera, en pensamiento y en acto, en la que

cada  una  es  un  momento  de  la  nueva  unidad.  La  corrupción  es  un  ir  hacia  la  nada  y  la

generación  es  un  ir  hacia  el  ser.  La  nada  y  el  ser  tomados  por  separado  en  una  completa

abstracción son contrarios, pero en su realidad concreta son simples aspectos lógicos, como lo

acabamos de decir  momentos  de esa unidad que constituye el  devenir: aparecer y desaparecer

o  corrupción y generación, el movimiento del devenir es el constante paso de lo nuevo hacia

el ser y la constante salida hacia la nada de lo antiguo.

A  través  de  este  ejemplo  podemos  observar  la  relación  entre  la  lógica  clásica  formal  y  la

dialéctica: si hago abstracción del proceso evolutivo, obtengo la nada separada totalmente del

ser,  contradicción  estática  (o  simple  oposición  externa)  que  vuelve  imposible  concebir  su

unidad-identidad. La dialéctica no se inventa esta unidad más verdadera, La dialéctica no urge

introducir una terminología particular, esta unidad nos es conocida, es la lógica clásica la que

separa  sus  partes  convirtiéndolas  al  mismo  tiempo  en  un  misterio,  relaciones  y  procesos

quedan  separados,  tomados  uno  a  uno.  El  devenir  no  es  una  invención  dialéctica.  Ella  se

limita  a  reconocer  en  el  devenir  la  unidad  de  esos  contrarios  que  la  lógica  clásica  ha

separado,  que ha petrificado, la nada y el ser.

 

La contradicción es real

 

Pero esta reunificación de lo separado por la lógica clásica no se lleva a cabo sólo en la mente

reflexiva, sino que existe en el mundo mismo. En uno de los pasajes (§ 48, de la Enciclopedia

de las Ciencia Filosóficas) en que Hegel comenta las posiciones kantianas, anota y subraya la

importancia:  “Este  pensamiento  de  que  la  contradicción  puesta  por  las  determinaciones  del

entendimiento en la razón, es esencial y necesaria, constituye uno de los más importantes y

profundos progresos de la filosofía en los tiempos modernos”. Aunque punto seguido, Hegel

le  señala  los  límites.  “Pero  cuanto  más  profundo  es  este  punto  de  vista,  más  trivial  es  su

solución, la cual tiene su fundamento en una especie de ternura por las cosas del mundo. La

esencia del mundo no debe ser la que tenga en sí esta mácula de la contradicción, sino que ha

de recaer sobre la razón pensante, sobre la naturaleza del espíritu”. Más adelante Hegel es más

explícito y concreto: “De nada sirve que se use del eufemismo de que la razón sólo cae en

contradicción por el empleo de las categorías, puesto que luego se añade que esta aplicación

es  necesaria  y  que  la  razón  no  tiene  otro  instrumento  para  conocer  que  estas  mismas

categorías. El conocer es  en realidad  pensamiento determinante y determinado; si la razón es

sólo pensamiento vacío, indeterminado, entonces no piensa  nada. Pero si reducimos al fin la

razón  a  semejante  identidad  vacía,  se  considerará  feliz  finalmente,  librándose  de  la

contradicción sacrificando ligeramente su contenido”.

 

Estas categorías de las que nos está hablando Hegel son conocidas desde la Antigüedad, la

dialéctica moderna no ha aportado nada de muy revolucionario en su formulación, no obstante

sí  en  su  comprensión.  Todas  estas  categorías  cobran  sentido  en  tanto  que  identidad  de

contrarios.  Algunos  ejemplos:  la  esencia  es  la  relación  productora  externa  que  se  vuelve

interna, la libertad que obedece a la necesidad que puede someterla y ordenarle o la unidad de

lo objetivo y subjetivo que se forma en el conocer.

 

Pensar  dialécticamente  consiste  inicialmente  en  dos  “reglas”:  “en  todo  enunciado  de  tipo

lógico en el sentido clásico de la palabra, buscar la eventual contradicción que es susceptible

de  contener  sin  saberlo  —dialéctica  crítica,  dialéctica  negativa—  una  vez  formulada  esta

contradicción  buscar  la  identidad  de  contrarios  que  se  esconde  con  toda  verosimilitud  y  a

través  de  la  cual  la  contradicción  se  resuelve  en  pensamiento  o  que  puede  superarse  en  la

práctica (en acto) —dialéctica positiva”.

 

Vale  apuntar  algo,  arriba  he  vuelto  a  la  frase  aristotélica  en  la  que  el  griego  admite  la

existencia de contrarios en el mundo sensible que nos rodea, pero se niega a aceptar que la

contradicción sea posible en mente, en el pensamiento. Hegel le critica justamente a Kant de

querer preservar a toda costa al mundo “de la mácula” de la contradicción. Estos postulados

de  Aristóteles  y  de  Kant  son  unilaterales  y  al  mismo  tiempo  contradictorios  entre  sí.  El

pensamiento hegeliano, en su nuevo planteamiento dialéctico no sólo admite la posibilidad de

la contradicción en el mundo que nos rodea, sino que considera imposible conocerlo sino a

través  de  poner  en  movimiento  una  sutil  dialéctica  de  la  contradicción,  para  Hegel  pues  la

unidad de lo objetivo y de lo  subjetivo se da en el conocer, en el proceso que nos conduce al

saber.

 

Proudhon y Marx

 

Ahora preguntémonos si todas las contradicciones se resuelven en una unidad superior, como

la  nada  y  el  ser  en  el  devenir.  Karl  Marx  lo  impugnó    y  además  mostró  que  existen  otras

contradicciones  que  no  se  resuelven  de  este  modo,  la  realidad  socio-política  nos  ofrece

muchos ejemplos de contradicciones que aparentemente no tienen ninguna salida. El filósofo

francés Lucien Sève nos exhorta “a estudiar con gran cuidado la cuestión ahora culpadamente

descuidada de saber en qué consisten las estructuras lógicas de las contradicciones dialécticas

y sin duda su diversidad de esencia”. “Lo que es claro  —insiste Sève—  es que de cualquier

manera ninguna contradicción dialéctica se resolverá huyendo de su fondo inexorablemente

contradictorio, aunque sea tratando de minimizarla”.

Es muy corriente el alegato de que ante un problema de sociedad es bueno que eliminemos lo

malo  para  conservar  lo  bueno.  Lo  oímos  con  frecuencia  en  nuestro  país,  como  la  suma

sabiduría  para  resolver  los  problemas  que  enfrenta  nuestra  sociedad.  Esta  fue  la  postura  de

Proudhon que Marx criticó en “Miseria de la Filosofía”:

“Para él, para el señor Proudhon, cada categoría económica tiene dos lados, uno bueno y otro

malo.  Considera  las  categorías  como  el  pequeño  burgués  considera  a  las  grandes  figuras

históricas: Napoleón es un gran hombre; ha hecho mucho bien, pero también ha hecho mucho

mal.

 

El  lado  bueno  y  el  lado  malo,  la  ventaja  y  el  inconveniente,  tomados  en  conjunto,  forman

según Proudhon la contradicción inherente a cada categoría económica.

Problema a resolver: Conservar el lado bueno, eliminando el malo”.

 

Con su acostumbrada ironía, Marx dice que va a abordar a Proudhon como una categoría y

verá su lado bueno y su lado malo:

 

“Si en comparación con Hegel tiene la virtud de plantear problemas, reservándose el derecho

de solucionarlos para el mayor bien de la humanidad, en cambio tiene el defecto de adolecer

de esterilidad cuando se trata de engendrar por la acción de la dialéctica una nueva categoría.

La  coexistencia  de  dos  lados  contradictorios,  su  lucha  y  su  fusión  en  una  nueva  categoría

constituyen el movimiento dialéctico. El que se plantea el problema de eliminar el lado malo,

con ello mismo pone fin de golpe al movimiento dialéctico. Ya no es la categoría la que se

sitúa en sí misma y se opone a sí  misma en virtud de su naturaleza contradictoria, sino que es

el señor Proudhon el que se mueve, forcejea y se agita entre los dos lados de la categoría”.

He traído esta larga cita por dos razones, una para dar un ejemplo de la firmeza de Marx en la

batalla  por  la  justa  aplicación  de  los  principios  del  pensamiento  dialéctico  y  también  para

mostrar que bajo la apariencia de tomar en cuenta los contrarios, se puede quedar afuera del

meollo  donde  surgen  los  problemas.  En  todo  caso  las  contradicciones  del  tipo  que  aborda

Hegel  abundan  en  los  estudios  económicos  de  Marx,  pero  las  que  más  han  retenido  la

atención  son  otras,  las  que  dentro  de  las  luchas  políticas  y  económicas  oponen  las  clases

sociales de  manera irreconciliable, que no pueden resolverse pasando a una  nueva categoría,

en la que se conserven renovados los antiguos momentos. En la cita de arriba Marx lo expresa

así: “La coexistencia de dos lados contradictorios, su lucha y su fusión en una nueva categoría

constituyen  el  movimiento  dialéctico”,  limitándose  todavía  a  la  concepción  hegeliana.  Pero

Marx  en  sus  estudios  históricos  y  económicos  señala  esta  otra  contradicción  en  la  que

obligatoriamente la resolución consiste en la desaparición de uno de sus momentos y la total

transformación del otro. A esta contradicción por lo general se le ha llamado “antagónica” y

la  otra  en  la  que  la  contradicción  se  resuelve  en  una  nueva  categoría  se  le  llama  “no

antagónica”.

 

[Es  hasta  ahora  que  llego  al  problema  al  que  me  referí  en  el  artículo  inicial:  “Las  raíces

profundas  del  oportunismo  en  El  Salvador”.  Me  ha  parecido  necesario  dar  esta  pequeña

excursión sobre la contradicción, pues sin ella hubiera sido muy difícil explicar en base a qué

equivocados  postulados,  los  oportunistas  del  PCS  en  los  años  sesenta  y  setenta  fueron

llevados  plantearse  alianzas  con  representantes  de  las  clases  antagónicas,  pensando  que

aplicaban correctamente la dialéctica más pura.]

 

Lo antagónico y lo no-antagónico

 

Voy a ir directamente a plantear la innovación de Marx respecto a la contradicción tratada por

Hegel. Esta consiste en que los dos momentos de la contradicción no se oponen simplemente

para darle paso a una nueva fusión de contrarios, sino que la  oposición es tal que para que

aparezca  lo  nuevo,  lo  cualitativamente  superior  es  necesario  que  uno  de  los  contrarios

desaparezca.  Lo  nuevo  que  aparece  puede  que  contenga  a  su  vez  nuevos  contrarios

irreconciliables o se pase a otro estadio del desarrollo en  el que la contradicción no imponga

la destrucción de uno de los contrarios.

 

La palabra antagonismo surge a mediados del siglo XVIII y el adjetivo antagónico aparece un

siglo después en francés. En nuestra lengua ambos términos son introducidos apenas a finales

del siglo XIX. Y no es de uso frecuente apenas hasta principios del siglo XX. Marx hereda

precisamente  esta  palabra  de  sus  relaciones  con  el  mismo  Proudhon  y  la  introduce  en  su

vocabulario. Pero cuando escribe el “Manifiesto comunista” todavía no se  atreve a utilizarlo

en alemán. Las traducciones al castellano si traen las palabras “antagonismo” y “antagónico”,

pero  en  el  texto  original  en  alemán  no  aparecen  ni  “antagonismus”,  ni  “antagonistisch“.

Prefiere otro tipo de expresiones. Al principio en su  correspondencia usa la variante inglesa

“antagonism”. Esta palabra está ausente en los textos de Hegel, aunque algunas traducciones

al castellano la introducen para significar “contradicción”, “oposición”, etc.; es el caso de la

nueva traducción de “Ciencia de la lógica” de Félix Duque.

 

Marx introduce el término en sus textos en su forma “antagonismus”. Y es bajo este término

que va a pensar la contradicción irreconciliable. Pero si buscamos el término opuesto, el que

designaría la otra categoría de la contradicción, no lo encontramos en sus textos, me refiero a

“no-antagónico”.  Tampoco  se  encuentra  en  Engels  y  ni  siquiera  en  los  textos  de  Lenin.  La

ausencia del término no significa que no la hayan pensado, basta tener en cuenta que todos

han  estudiado  profundamente  a  Hegel.  Pero  lo  que  sí  es  necesario  tener  en  cuenta,  es  que

ninguno de ellos ha categorizado esta otra contradicción, dejando abierta la problemática.

Mao Tse-tung en su trabajo “De la contradicción” aborda abiertamente ambas categorías: la

contradicción antagónica y la contradicción no-antagónica.   En la literatura “marxista” es la

primera  vez  que  alguien  intenta  un  análisis  conjunto  de  ambas  categorías.  Este  estudio  fue

redactado  en  agosto  de  1937,  pero  conocido  en  otras  lenguas  apenas  en  los  años  50.  Este

aporte no dejó indiferente a los pensadores marxistas de la época y por lo general la categoría

complementaria  del  antagonismo  entró  en  el  vocabulario  “marxista”.  Por  supuesto  que  no

todos los marxistas declarados o presumidos tales, están de  acuerdo sobre la dialéctica misma

en  general,  aún  menos  sobre  estas  categorías  en  particular.  En  la  continuación  de  este

material,  me  voy  a  referir  al  tratamiento  que  hace  Mao  Tse-tung  de  la  determinidad  y  la

esencialidad de lo antagónico y de lo no-antagónico.

 

La innovación de Mao

 

Para entender mejor la innovación de Mao es menester dejar de nuevo claramente dicho que

ni en Marx, ni en Engels, ni tampoco en Lenin, encontramos el término de  contradicción noantagónica.  En  los  tres  vemos  que  a  veces  —donde  se  espera  que  surja  la  expresión

antagonismo—  aparece simplemente la palabra genérica “contradicción” u “oposición”. Si en

Marx,  Engels  y  Lenin  existe  un  inicio  de  elaboración  teórica  del  antagonismo  como  una

contradicción irreductible, irreconciliable, esencialmente entre las clases sociales  aunque no

de  manera  exclusiva,  ninguno  nos  dejó  una  exposición  extensa  del  tema.  El  antagonismo

genera  luchas  agudas  y  revoluciones  violentas,  sin  identificarse  a  estas  formas.  Al  inicio

aparece apenas como latente, de manera oculta, remitiéndonos a la estructura que caracteriza

una contradicción dada  desde su origen, hacia su esencia. Pero no caracteriza la esencia de

todas las contradicciones: el antagonismo es pues transitorio como la sociedad de clases a la

cual  está  ligado  histórica   e  intrínsecamente.  Esto  nos  indica  que  al  transitar  hacia  una

 

sociedad sin clases antagónicas, el desarrollo social tendrá contradicciones cuya resolución no

tiene que ser violenta.

 

Pero como acabo de decir en Marx, Engels y Lenin la categoría de contradicción se identifica

y  se diferencia del antagonismo. Esto crea confusión  y nos puede conducir a pensar que  el

“antagonismo” es apenas una forma de la contradicción, contraponiéndose a lo que indicamos

arriba, que el antagonismo nos remite más bien hacia la esencia y lo es desde el origen. Como

se advierte esto confirma que la dialéctica legada por Marx no constituye un sistema cerrado,

ni  mucho  menos  acabado,  que  quedan  muchos  momentos  que  necesitan  desarrollo.  Este  es

uno de esos momentos.

He aquí que precisamente Mao Tse-tung parece completar la teoría ausente del antagonismo,

desde su “De la contradicción” de 1937” pasando por “Las nuevas consideraciones sobre la

dictadura del proletariado” (1956) hasta “Sobre el tratamiento correcto de las contradicciones

en el seno del pueblo” de 1957, en estos textos Mao va más allá de donde habían dejado la

reflexión Marx y Lenin, planteando la existencia de contradicciones no-antagónicas.

Existen  pues  dos  tipos  de  contradicción  de  carácter  contrapuesto,  las  contradicciones

antagónicas,  del  tipo  de  las  que  existen  “entre  nosotros  y  nuestros  enemigos”,  entre  el

proletariado  y  la  burguesía,  entre  el  socialismo  y  el  imperialismo,  se  trata  nos  dice  de

contradicciones  fundamentales  que “reposan en  conflictos de intereses de clases hostiles”  y

las contradicciones no-antagónicas, del tipo de las que existen en el seno del pueblo (entre las

clases  que  componen  el  pueblo,  entre  comunistas  en  el  seno  del  partido,  entre  países

socialistas),  estas  contradicciones  no  son  fundamentales,  sino  que  reposan  en  la  oposición

“entre opiniones justas y erróneas” o entre intereses que tienen “carácter secundario”.

Estos  tipos  de  contradicción  son  totalmente  diferentes  por  su  carácter,  lo  que  conduce,  nos

dice  Mao,  a  métodos  diferentes  (“no-idénticos”)  de  intervención,  verbi  et  gratia:  la  lucha

armada  o  el  método  dictatorial,  que  apunta  a  derrotar  al  enemigo  en  el  primer  caso  del

antagonismo  y  a  la  crítica  o  al  método  democrático  que  tiende  a  establecer  una  nueva

cohesión, en el caso del no-antagonismo. Empero Mao agrega una afirmación cuyo alcance es

significativo y su novedad inaudita: “Según el desarrollo concreto de los fenómenos, ciertas

contradicciones  primitivamente  no-antagónicas  se  desarrollan  en  antagónicas;  en  cambio

ciertas  contradicciones  primitivamente  antagónicas  se  desarrollan  en  contradicciones  noantagónicas”. De esta manera nos explica Mao “para resistir al principal enemigo común, las

clases  cuyos  intereses  fundamentales  se  enfrentan  pueden  a  veces  unirse.  Inversamente,  en

ciertas  condiciones,  contradicciones  determinadas  en  el  seno  del  pueblo  pueden  igualmente

transformarse  progresivamente  en  contradicciones  antagónicas,  como  consecuencia  que  una

de  las partes opuestas en la contradicción pasa gradualmente del lado del enemigo. En fin de

cuentas, las contradicciones de  este  género cambian por  completo su calidad  y no son más

contradicciones  en  el  seno  del  pueblo,  sino  que  se  convierten  en  contradicciones  entre  los

enemigos y nosotros”.

 

Mao no aporta una respuesta teórica

 

A  primera  vista  estamos  frente  a  un  desarrollo  de  las  ideas  de  Marx  y  Lenin  sobre  el

antagonismo, al mismo tiempo  frente  a un aporte substancial a la teoría de la contradicción,

que no solo al parecer da cuenta del hecho que las contradicciones antagónicas en la sociedad

capitalista, “se vuelven no antagónicas en la sociedad socialista, sino que también del hecho,

imprevisto por la teoría, pero que se pudo constatar, que las contradicciones en principio no antagónicas en el socialismo pueden, en ciertas circunstancias “volverse antagónicas”.

No obstante hay algo que no deja de llamar la atención y de cuestionar, se trata de esa idea de

una  pretendida  “transformación”  de  las  contradicciones  antagónicas  en  no-antagónicas  y

viceversa. Hay un hecho resueltamente establecido en que las contradicciones antagónicas son

esencialmente  contradicciones  irreductibles  e  irreconciliables.  ¿De  qué  manera  una

contradicción en su desarrollo puede volverse en no-antagónica, lo  que significa reductible y

reconciliable? Mao Tse-tung no aporta realmente una respuesta teórica, en vez de esto nos da

siempre ejemplos, éstos merecen un análisis detenido y circunstanciado.

Voy a citar directamente un largo párrafo de Mao que viene al inicio de “Sobre el tratamiento

correcto de las contradicciones en el seno del pueblo”:

 

“En nuestro país, la contradicción entre la clase obrera y la burguesía nacional hace parte de

las  contradicciones  en  el  seno  del  pueblo.  La  lucha  de  clases  entre  la  clase  obrera  y  la

burguesía  nacional  es,  en  general,  una  lucha  de  clases  en  las  filas  del  pueblo,  porque  la

burguesía nacional de China tiene doble carácter. En el período de la revolución democráticoburguesa, ella tenía en su carácter tanto un lado revolucionario como otro conciliador. En el

período  de  la  revolución  socialista,  al  tiempo  que  explota  a  la  clase  obrera  obteniendo

ganancias, apoya la Constitución y se muestra dispuesta a aceptar la transformación socialista.

La  burguesía  nacional  difiere  del  imperialismo,  la  clase  terrateniente  y  la  burguesía

burocrática.  La  contradicción  entre  la  clase  obrera  y  la  burguesía  nacional,  que  es  una

contradicción  entre  explotados  y  explotadores,  es  de  suyo  antagónica.  Sin  embargo,  en  las

condiciones  concretas  de  China,  esta  contradicción  antagónica  entre  las  dos  clases,  si  la

tratamos  apropiadamente,  puede  transformarse  en  no  antagónica  y  ser  resuelta  por  medios

pacíficos. Pero la contradicción entre la clase obrera y la burguesía nacional se convertirá en

una contradicción entre nosotros y el enemigo si no la tratamos como es debido, es decir, si no

aplicamos la política de unidad, crítica y educación respecto a la burguesía nacional, o si ella

no acepta esta política nuestra”.

 

La ausencia total de rigor teórico salta a la vista en este párrafo. La determinación antagónica

de  la  contradicción  entre  las  clases  de  la  sociedad  capitalista  es  tratada  como  una  variable

circunstancial  y  no  como  esencial  de  la  contradicción  misma.  Incluso  que  en  el  párrafo

mismo,  Mao  Tse-tung  nos  dice  que  “La  contradicción  entre  la  clase  obrera  y  la  burguesía

nacional, que es una contradicción entre explotados y explotadores, es de suyo antagónica”.

Empero  este  “de  suyo”  no  es  esencial  para  Mao,  pues  depende  de  algo  externo,  de  “las

condiciones concretas de China”. O sea que lo que sirve de fundamento para caracterizar esta

contradicción,  es  decir,  la  explotación  que  la  clase  burguesa  ejerce  sobre  los  asalariados,

puede  desaparecer  por  un  simple  tratamiento  apropiado.  Mao  confunde  la  política  en  una

 

circunstancia  dada  y  las  posibles  soluciones  a  la  contradicción  y  la  esencia  misma  de  la

contradicción. Esto significa que el antagonismo no reside en sí en la contradicción, sino que

es una variable del tratamiento que podamos darle, correcto o incorrecto.

Esto  no  deja  de  provocar  estupefacción,  pues  uno  no  llega  a  saber  exactamente  a  qué  se

refiere Mao cuando habla de antagonismo y de no-antagonismo. De un lado se nos dice que el

antagonismo o el no-antagonismo son caracteres esenciales de la contradicción, pero del otro

lado  el  antagonismo  sería  apenas  “una  forma  de  la  lucha  de  contrarios”.  Por  un  lado  el

antagonismo o el no-antagonismo son esencialmente inherentes a la contradicción mientras no

haya  “cambiado  totalmente  su  calidad”,  pero  el  antagonismo  es  sólo  un  momento  “no

universal”, aunque siempre posible en el desarrollo de cualquier contradicción. Un ejemplo

que  nos  da  Mao  es  la  lucha  en  el  interior  del  partido  entre  fracciones  opuestas  que  si  la

tratamos convenientemente es una contradicción no-antagónica, pero si no aplicamos la buena

política se puede convertir en antagónica.

 

La esencia y las formas

 

Esta manera de entender el antagonismo no tiene nada que ver   con la de Marx y Lenin para

quienes  el  antagonismo  es  un  rasgo  de  esencia  de  la  contradicción,  que  puede  existir

perfectamente en un estado latente y que se distingue fundamentalmente de las  formas  de la

lucha  de  contrarios  en  un  estadio  dado  de  su  desarrollo.  Esto  no  tiene  nada  que  ver  con  el

tratamiento que se le pueda dar, pues entonces se confunde la esencia con la forma que puede

tomar el antagonismo en el desarrollo de la contradicción. La transformación del antagonismo

en no-antagonismo y viceversa se vuelve pues en una noción confusa que nos remite una vez

a un cambio real de esencia de la contradicción y otras veces a una simple modificación de

sus formas.

 

Aquí podemos medir los estragos que puede causar la falta de rigor de la dialéctica en Mao,

no  encontramos  allí  la  búsqueda  exigente  de  las  determinaciones  lógicas  que  hacen  de  las

indicaciones de Marx y de Lenin  —a pesar del carácter incompleto y como dijimos un tanto

enigmático— verdaderos aportes filosóficos. En Mao no hay una investigación rigurosa de las

determinaciones  lógicas,  sino  que  una  serie  de  ilustraciones  empíricas,  ejemplos  muy

heterogéneos. Es lo que  sucede  a todo lo largo de su folleto “De la contradicción”, no hay

análisis conceptuales, sino ejemplos que a veces son posiciones políticas, actitudes puntuales

que  tomó  el  partido  chino  durante  diferentes  momentos  de  su  lucha  contra  el  imperialismo

japonés o estadunidense y el tratamiento que le dio a las alianzas posibles contra el enemigo

común con la burguesía china.

Es aquí donde llego a lo que sustentaba la política del PCS durante los años sesenta y setenta,

en los que la contradicción fundamental entre la burguesía y los trabajadores era disfrazada en

posibles alianzas para llegar al poder. Los comunistas salvadoreños se aliaban a una fracción

de la burguesía declarando como único enemigo a la oligarquía. Pero de lo que se trataba  era

de  poner  a  los  trabajadores  al  servicio  de  una  fracción  burguesa  para  conquistar  el  poder

político en su beneficio. En la actualidad, el FMLN en el poder, ya no alude ni a la dialéctica

de Mao, ni mucho menos a la de Lenin, pero sí se ha puesto al servicio de la oligarquía y a

veces trata de aliarse con sectores burgueses que intentan competir con los grandes burgueses.

 

Los dirigentes del FMLN fingen no darse cuenta que esas luchas intestinas interburguesas son

permanentes, que los capitales siempre están en competición, en rivalidad. Esta competición

se da incluso a nivel internacional, lo que no impide estrecha alianza entre ellos para enfrentar

a su enemigo esencial, a los trabajadores.

En el párrafo de Mao que cité  arriba, en su primera frase nos damos cuenta que su falta de

rigor identifica la noción de pueblo y de nación. Pues en esos momentos era la nación china,

el  pueblo  y  la  burguesía  la  que  enfrentaba  al  imperialismo  que  intervenía  en  el  territorio

nacional  chino.  Pero  para  trasladar  a  la  burguesía  “nacional”  o  “nacionalista”  al  seno  del

pueblo se necesita una flexibilidad conceptual muy elástica. En el caso de Mao, en la lucha

contra el imperialismo invasor, se puede entender que busque alianzas con la burguesía, que

de todos modos sabía que iban a ser de corto plazo, hasta que se expulsara al enemigo común

fuera del territorio nacional. Pero de allí a decretar inconsecuentemente que la contradicción

antagónica deja de serlo, hay un paso que no se puede dar si uno quiere pensar con rigor.

El salto cualitativo

 

“Creo que la dialéctica no se puede reducir a la unidad y lucha de contrarios.   Espero ver la

continuación  de  la  exposición  que  explique  los  saltos  de  calidad,  las  negaciones  y  los

métodos”.  Esto  es  lo  que  uno  de  mis  lectores  ha  dejado  en  los  comentarios  en  uno  de  los

artículos  de  esta  serie.  Muchos  saben  que  este  texto  fue  publicado  en  mi  blog  “Cosas  tan

pasajeras”.

 

Así dicho me resulta un tanto caricaturante para lo que venía escrito ya hasta ese momento en

mi exposición, pues creo que ya había mostrado en qué consiste la unidad de los contrarios,

que por supuesto no ha quedado expuesto de manera exhaustiva, mas espero que por lo menos

se entienda qué son realmente los contrarios y en qué consiste esa unidad. Y la lucha de los

contrarios  es  lo  que  nos  lleva  a  la  resolución  de  la  contradicción  misma.  La  contradicción

consiste en la negación. O sea que se incluye en la exposición misma de la contradicción. Es

posible que la categoría “negación” aún no haya quedado ni clara, ni tampoco la he expuesto

aparte.  No obstante es necesario insistir que esta categoría en el sistema de Hegel se supedita

a la unidad e identidad de los contrarios y se trata del límite de la cosa y de allí la posición del

ser  determinado.  En  Marx  la  cosa  se  presenta  de  otra  manera,  pero  no  deja  de  abarcar

(”asumir”) lo hegeliano, hay un desarrollo, porque digamos que existen dos tipos de negación,

La  primera  que  se  le  puede  llamar  de  funcionamiento:  que  es  la  determinación  material  o

intelectual de un término de la contradicción como  otro de un otro  en la contradicción noantagónica y de  adversario  del   otro en la contradicción antagónica y que es con esos  otros

que forman la unidad de la contradicción. La segunda es la negación de  desarrollo  que es la

acción  material  o  intelectual  por  la  que  un momento  anterior  del  desarrollo  es  suprimido  o

superado.

 

El famoso “salto de calidad” no se puede ni siquiera abordar sensatamente si no lo referimos a

la  contradicción,  pues  se  trata  de  una  de  las  resoluciones  de  ésta.  El  estimado  lector  que

afirmaba “que la dialéctica no se puede reducir a la unidad y lucha de contrarios” no se daba

cuenta  que  la  dialéctica  no  es  que  se  reduzca  a  la  contradicción,  sino  que  trata  de  la

contradicción  y  todo  el  desarrollo  de  la  dialéctica  no  se  puede  exponer  afuera  de  los

 

principales problemas y temas que tienen que ver con la unidad e identidad de los contrarios.

Todas las grandes categorías filosóficas se tienen que abordar en su desarrollo, lo que implica

verlas en su funcionamiento contradictorio.

Las famosas “leyes” de la dialéctica

 

Muchos  de  los  manuales  sobre  el  marxismo  que  circularon  desde  mediados  del  siglo  XX

presentaban este famoso “salto cualitativo” como una de las tres leyes fundamentales de la

dialéctica materialista, junto a la unidad de los contrarios y la lucha de los contrarios. Otros

manuales convertían estas dos últimas categorías en una sola ley y agregaban la negación de

la  negación  como  otra  ley.  Sobre  esto  hay  mucho  que  decir,  empero  es  imposible  admitir

aunque  fuera  a  lo  largo  algunos  renglones  lo  sensato  de  tales  alegaciones.  Esta  es  la

prolongación  del  esquematismo  al  que  llevó  Stalin  a  la  dialéctica,  aunque  en  parte  fuera

culpable  de  esta  deformación  Engels  mismo  por  algunas  formulaciones  un  poco  ambiguas.

Pero  la  dialéctica  no  es  una  ciencia,  sino  que  una  lógica,  una  directiva  para  pensar,  de  la

dialéctica  no  se  puede  obtener  ningún  conocimiento  concreto  de  la  realidad  por  mera

aplicación de sus “leyes”. Los conocimientos se obtienen del estudio concreto de una realidad

concreta, pero las ciencias y las técnicas tienen sus propios métodos, la dialéctica en tanto que

lógica  puede  ayudar  a  pensar  estos  mismos  métodos  y  los  resultados  obtenidos.  Pero  la

dialéctica no es una filosofía que esté sobre las ciencias y las dirija o pueda dirigirlas.

El cambio de calidad de una contradicción es en realidad una  alteración  en su  determinidad,

dicho de otra manera, cambio en su esencia. Esto se vuelve efectivo en las contradicciones

antagónicas y en las no-antagónicas. La determinidad posee dos momentos distintos  —anoto

esto  aquí  para  no  dejar  en  el  aire  una  categoría  fundamental  de  la  dialéctica—:  la

determinación  y  la  disposición.  La  determinación  es  el  algo  en  cuanto  lo  que  es  en  sí;  la

disposición (algunos dicen “posición”) es lo que un algo es para-otro. Estos dos momentos no

se toman aisladamente, sino que en permanente respectividad, es decir, cada uno se refiere al

otro en permanencia, esta respectividad constituye la  cualidad  de ese algo. El cambio puede

suceder ya sea en la determinación o en la disposición, pero como ambos son momentos de la

determinidad, momentos de la calidad, poco importa qué es lo que cambia primero porque su

respectividad  (el  relacionarse  mutuamente,  el  asumirse)  cambia  y  al  cambiar  cambia  la

naturaleza del algo, de la cosa.

 

Se  impone agregar una  elucidación de lo que significan los términos  asumir  y  asumido,  se

trata nos dice Hegel de “una determinación fundamental [que retorna sin más por todas partes,

y]  cuyo  sentido  hay  que  aprehender  determinadamente,  diferenciándolo  en  particular  de  la

nada. —  Lo que se asume no se convierte por ello en nada. Nada es lo inmediato; un asumido

es por el contrario un mediado, lo que no es, pero como resultado que ha surgido de un ser.

Tiene aún, por consiguiente, en sí la determinación de la que procede.

Asumir tiene en el lenguaje el doble sentido de significar tanto  conservar, mantener, como

igualmente hacer cesar,  poner punto final. El conservar incluye ya dentro de sí lo negativo de

que algo venga a ser privado de su inmediatez y, por ende, de su estar abierto a las influencias

exteriores, y ello con el fin de mantener ese algo. — Así, lo asumido es algo al mismo tiempo

conservado que no ha perdido sino su inmediatez, pero no por ello ha desaparecido.

 

Determinado con más exactitud, lo asumido es aquí algo asumido solamente en la medida en

que ha pasado a entrar  en unidad con su contrapuesto; en  esta determinación precisa, él  es

algo reflexionado y puede ser llamado, convenientemente, m o me n t o. —

O  sea  en  la  unidad  que  hemos  nombrado  devenir  el  ser  y  la  nada  son  momentos,  sus

momentos.  “Ser  es  ser  y  nada  es  nada  solamente  en  su  diferencialidad  del  uno  respecto  al

otro;  pero  en  la  verdad  de  ambos,  dentro  de  su  unidad,  ellos  han  desaparecido  como  esas

determinaciones y son ahora algo otro. Ser y nada son lo mismo; porque son lo mismo, por

eso no son ya ser y nada, y tienen una determinación diversa: dentro del devenir, fueron surgir

y  perecer,  dentro  del  estar,  en  cuanto  unidad  determinada  de  otro  modo  son  a  su  vez,

momentos determinados de otro modo.”

 

Voy a darles un ejemplo, el fonema es la unidad de un sonido y de la percepción mental de

ciertas  características  de  ese  sonido.  Ambas  no  son  lo  mismo  mientras  estén  separadas,

mientras no entren a formar parte del sistema fonológico de una lengua determinada. Una vez

ya formando parte de éste, la percepción mental (auditiva) y el sonido mismo conforman el

fonema: la percepción y el sonido son momentos del fonema, dejan de ser lo que eran antes,

ahora  han  pasado  a  ser  lo  mismo,  han  sido  asumidos,  ya  no  se  diferencian  en  la  unidad

“fonema”. Pueden ver también este otro material, haciendo clic aquí.

 

La contradicción fundamental

 

El  salto  cualitativo  se  ha  convertido  en  nuestro  país  en  casi  un  tic  del  lenguaje,  hubo  un

tiempo  en  que  cualquier  cambio  de  lo  que  fuera  se  le  apodaba  “salto  cualitativo”,  incluso

adherir  a  una  organización  “revolucionaria”  era  un  “salto  cualitativo”.  Se  vuelve  pues

comprensible  que  este  modo  de  resolución  de  contradicciones  haya  adquirido  una

“autonomía”  en  el  modo  de  considerar  la  dialéctica  en  El  Salvador.  Sin  embargo  esta

autonomía es falsa, no corresponde al pensamiento dialéctico mismo, para poder abordar este

punto, se hace necesario referirse a la unidad de los contrarios, de su lucha, de la determinidad

de la cosa, que obligatoriamente nos lleva a otras categorías importantísimas, en primer lugar

la  esencia,  pero  no  sólo  sino  que  a  los  aspectos  cuantitativos  y  cualitativos,  a  lo  interno  y

externo,  etc.  El  salto  cualitativo  en  tanto  que  tal  implica  pues  un  cambio  cuantitativo  y

cualitativo, de allí, también ver esta otra contradicción, me refiero a la unidad de contrarios

que son la cantidad y la calidad, para poder llegar a las formas de la lucha de contrarios y ver

cómo han interferido en este salto elementos internos y externos, que han vuelto la resolución

de la contradicción en algo más o menos brusco, violento, explosivo.

 

Retornemos a la contradicción antagónica que el propio Marx expone como tal, se trata de la

contradicción entre el carácter  social  de la producción y el carácter  privado  de la apropiación

capitalistas, dicho de otro modo entre el proletariado y la burguesía. Esta contradicción se nos

presenta inmediata y empíricamente bajo formas violentas, explosivas y es con ellas que se la

identifica  o  sea  se  le  da  su  determinidad,  no  obstante  ¿qué  es  lo  que  esencialmente  la

identifica, le da su naturaleza de antagónica? Dicho de otro modo ¿qué es lo que la vuelve

irreductible,  irreconciliable?  La  respuesta  la  encontramos  objetivamente  en  el  desarrollo

mismo de la contradicción hasta su  acabamiento histórico  y lógico en el que se  expresa su

contenido esencial: la supresión de la apropiación privada capitalista por una revolución y la

 

emancipación  de  la  producción  social,  la  supresión  de  la  explotación  capitalista  y  la

emancipación del proletariado y de la sociedad entera.

Cualquiera  que  fuese  la  contradicción  antagónica,  ya  sea  en  la  historia  social,  como  en  la

historia de las ideas, nos lleva a la misma conclusión, el acabamiento consiste en la supresión

de  uno  de  los  contrarios  y  la  emancipación  del  otro.  ¿Este  carácter  histórico  y  lógico  del

antagonismo lo adquiere la contradicción en su marcha, de manera contingente? De ningún

modo,  este  carácter  es  originario,  es  decir  está  presente  desde  que  surge  la  contradicción,

incluso en el estado  embrionario, pues el capital es inseparable de la explotación del trabajo

asalariado  y  se  opone  a  todo  desarrollo  de  las  fuerzas  productivas  que  no  contribuya  a  su

propia  puesta  en  valor.  Este  carácter  antagónico  no  es  una  cosa  que  le  adviene  a  la

contradicción en algún momento dado de su desarrollo, cuando por ejemplo adquiere rasgos

violentos o explosivos. Existe siempre, incluso de manera  latente  desde su formación, desde

que surge esta contradicción. Existe ahora mismo en el país aunque se exprese visiblemente,

de  manera  palpable  y  aunque  sea  sólo  de  manera  esporádica,  en  algunas  luchas  de  los

trabajadores.

 

Este  punto  es  fundamental.  En  su  absoluta  generalidad,  la  categoría  de  contradicción

dialéctica implica una relación de oposición entre dos contrarios que se  niegan  mutuamente

en el interior de la unidad que ambos formen y que expresa el concepto de la cosa. Empero la

negación  tiene  determinaciones  muy  diversas,  cada  tipo  de  cosa  tiene  su  propio  tipo  de

negación, de tal manera que en cada una resulta un desarrollo propio  y por ende su género

propio  de  ideas  y  de  conceptos.  De  tal  modo  que  un  género  de  contradicción  se  define

racionalmente   por el tipo de negación que lo ha generado, dándole así mismo su esencia y

que determina todo su desarrollo hasta su resolución. Es antagónica una contradicción en la

que un contrario es negado por el otro en su  existencia  misma. Es por ello que su  desarrollo

presupone  la  supresión  de  uno  de  los  contrarios  y  el  otro  contrario  es  liberado.  La

contradicción no-antagónica es aquella en la que cada contrario  niega  al otro en su identidad,

por  lo  que  su  desarrollo  presupone  únicamente  la  separación  transitoria  y  relativa  de  los

contrarios al interior de la cosa, de su unidad. La resolución consiste en el establecimiento de

una forma nueva de identidad entre ambos contrarios.

 

Por lo mismo, la contradicción entre la producción  social  y la apropiación  privada  al interior

de la sociedad capitalista es por esencia una contradicción antagónica y la contradicción entre

el  valor  de  uso  y  el  valor  de  cambio  en  la  mercancía  es  por  esencia  una  contradicción  noantagónica. Esto deja claro que por esencia una contradicción antagónica no puede convertirse

en no-antagónica  y  viceversa. Si esto pudiera hacerse, el antagonismo  y el no-antagonismo

serían formas inesenciales de la contradicción. Apunto además que este modo de considerar la

cosa, este tipo de falsas transformaciones, le quita toda objetividad a la dialéctica materialista

y por consiguiente el carácter objetivo del antagonismo de clases en la sociedad capitalista.

[En la próxima entrega voy a abordar directamente el salto cualitativo como resolución de las

contradicciones.  Era  necesario  dejar  claro  que  es  lo  esencial  en  cada  una  de  las

contradicciones, pues algunos piensan que lo que caracteriza a la contradicción antagónica es

 

la  violencia  misma  y  asimilan  el  salto  cualitativo  a  una  explosión,  a  algo  obligatoria mente

violento y sobre todo intrínseco a la contradicción en sí.]

Salto cualitativo 2

Es menester tener presente que las relaciones entre las formas de la resolución y la esencia de

la contradicción misma no son mecánicas. Es cierto que la esencia misma es invariable hasta

la  resolución  que  opone  a  los  contrarios  y  se  puede  de  manera  general  presuponer  que  la

resolución de una contradicción antagónica va adoptar formas a partir de la esencia, pues se

trata de suprimir uno de los opuestos, que estas formas serán violentas, ex plosivas. Mientras

que  la  resolución  de  una  contradicción  no-antagónica  tiende  a  tomar  formas  pacíficas,  no

violentas. No obstante las relaciones entre esencia y las formas de contradicciones son mucho

más dialécticas, puesto que la forma no es una simple  manifestación pasiva de la esencia, la

forma es donde se desarrollan procesos específicos, en los cuales tienen lugar las relaciones

entre  la  esencia  y  las  condiciones  concretas,  entre  lo  interno  y  lo  externo.  Dicho  de  otra

manera las formas explosivas no son exclusivas de la contradicción antagónica. La explosión

lógicamente  consiste  en  la  brusquedad  con  la  que  se  opera  un  cambio  cualitativo,  o  sea  la

fuerza que produce efectos destructores internos y externos.

 

El cambio cualitativo mismo es un fenómeno brusco  y  único sólo si se lo opone a la lenta

multiplicidad de cambios cuantitativos que lo preparan. Con demasiada frecuencia se aíslan,

se separan mecánicamente los cambios cualitativos de los cambios cuantitativos. En verdad,

en  la  realidad,  todo  cambio  es  a  la  vez  cuantitativo  y  cualitativo:  la  calidad  de  una

contradicción,  su  lógica  esencial,  depende  directamente  de  la  relación  cuantitativa  de  las

fuerzas entre los contrarios. Como lo dejamos dicho anteriormente, entre cantidad y calidad

hay unidad e identidad de contrarios. Las fases de acumulación de cambios cuantitativos son

aquellas cuyo aspecto esencial es el del cambio cuantitativo y de transformaciones cualitativas

parciales. Hay una especie de transfiguración lenta y gradual sin que por de pronto  la cosa se

transforme radicalmente. A la inversa los saltos cualitativos se caracterizan por el predominio

del  cambio  cualitativo,  los  cambios  cuantitativos  mismos  toman  el  aspecto  cualitativo:  el

quiebre de la antigua cualidad modifica radicalmente el ritmo de los cambios cuantitativos y

provoca nuevos.

 

Si nos detenemos a observar en detalle, un cambio cualitativo es la absorción, la integración

de  un  número  significativo  de  cambios  cualitativos  más  elementales,  “moleculares”,  por

ejemplo en el caso del  nivel molecular de un cuerpo, celular en el caso de un ser viviente, de

relaciones  en  una  formación  social.  Empero  la  brusquedad  que  provoca  cada  cambio

cualitativo  molecular  que  acaece  en  un  punto  crucial,  en  la  anudadura,  de  los  cambios

cuantitativos, no produce una brusquedad global, ésta únicamente puede resultar en la medida

en que hay una simultaneidad de los cambios cualitativos moleculares, parciales. Admitamos

que las condiciones internas de gestación y maduración de los cambios cualitativos parciales

(“moleculares”)  tienen  el  ritmo  de  un  fenómeno  estadístico,  podemos  esperar  que  éstos  se

produzcan con cierta dispersión en el tiempo, que se manifestará por un escalonamiento del

cambio  cualitativo  global:  la  forma  explosiva  no  aparece  o  por  lo  menos  no  de  grandes

dimensiones. Pero si surge un obstáculo externo capaz de impedir durante cierto tiempo más o

menos largo los cambios moleculares, parciales, incluso los más precoces, las condiciones de

 

su  simultaneidad  se  van  creando.  Cuando  la  presión  del  cambio  cualitativo  es  lo

suficientemente fuerte para hacer saltar  el obstáculo o los obstáculos que han impedido los

cambios parciales, la simultaneidad se manifiesta por la brusquedad de un fenómeno global y

surge como fuerza destructora: es entonces que se produce la explosión.

En  este  sentido  la  explosión  es  una  forma  externa,  independiente  de  la  esencia  de  la

contradicción  y  es  contingente  a  su  respecto.  Es  de  esta  manera  que  puede  aparecer

determinante el tratamiento subjetivo en su desarrollo, es de este modo que una contradicción

no-antagónica,  de  por  si  no  explosiva,  si  se  encuentra  bloqueada  en  su  desarrollo  por  un

obstáculo  externo,  puede  aparecer  y  resolverse  de  manera  explosiva.  Aquí  podemos  ver  en

una  forma  teórica  clara  algunos  fenómenos  a  los  que  se  ha  referido  Mao  Tse-tung,  pero  al

mismo tiempo podemos darnos cuenta que no tienen nada que ver con la transformación de

esencia de lo no-antagónico en antagónico.

 

Las  formas  de  resolución  de  una  contradicción  antagónica  tampoco  se  pueden  reducir  a  la

explosión  violenta.  Aunque  en  este  caso  y  por  lo  que  hemos  dicho  antes,  se  entiende

perfectamente que el obstáculo generador de la explosión se encuentra al interior mismo de

las  contradicciones  antagónicas,  en  las  que  uno  de  los  contrarios  se  opone  por  esencia  al

desarrollo  del  otro.  En  este  sentido  las  contradicciones  antagónicas  se  nos  presentan  como

auto-explosivas. Empero como lo hemos dejado dicho, el salto cualitativo no es un fenómeno

sencillo e instantáneo, se trata de un período complejo e interiormente diferenciado. Lenin al

referirse a los “vuelcos de la historia mundial” se burlaba de aquellos que no comprendían que

“saltos de ese  género se extienden por períodos de diez años y a veces aún más” (En nuestro

caso  esto  nos  llama  a  tener  mucha  paciencia,  que  incluso  la  gestación  de  un  partido  puede

tomar más tiempo del que se desea, pero que puede acelerarse por la presión interna de las

contradicciones de clase en el país).

 

En una contradicción antagónica el contrario inicialmente dominante se opone al desarrollo

del  otro  y  en  esto  bloquea  los  cambios  cualitativos  moleculares  los  más  precoces  que  va

madurando el mismo desarrollo de la contradicción. Es lo que provoca que las primeras fases

del salto cualitativo se presenten con frecuencia bajo la forma violenta, explosiva. No obstante

a  medida  que  los  cambios  cualitativos  moleculares  se  acumulan,  la  relación  interna  de  las

fuerzas se va modificando y el contrario inicialmente dominante va perdiendo poco a poco su

capacidad  de  oponerse  a  la  continuación  del  proceso,  entonces  la  necesidad  de  las  formas

explosivas decae cada vez más. Si vemos más de cerca el salto cualitativo  y lo analizamos

dialécticamente aparece que su propio desarrollo implica un cambio cualitativo: sus primeros

logros modifican las condiciones en las que se van consiguiendo los otros. Es por eso que en

el  proceso  de  resolución  de  las  contradicciones  antagónicas  puede  perfectamente  adquirir

formas no explosivas al llegar a un cierto grado de madurez.

 

Un ejemplo de nuestra historia

 

Voy a referirme aquí, de manera muy sucinta a un caso que nos concierne y del que se habla

mucho, pero con demasiados prejuicios, me refiero al proceso de Independencia. Desde más o

menos  los  años  cincuenta  se  desarrolló  en  el  seno  del  Partido  Comunista  Salvadoreño  un

movimiento contradictorio, se trata de oponerse a la historia nacional que vehiculaba la clase

 

dominante. Y por supuesto que ésta contaba con muchas falsedades y muchas leyendas que no

llegaban  al  estatuto  de  historia.  La  falta  de  documentación,  la  ausencia  en  esos  tiempos  d e

historiadores de profesión dieron como resultado que el PCS no pudo oponerle a la burguesía

una  historia  que  no  tuviera  en  sí  prejuicios  y  leyendas.  Pero  además  una  personalidad  que

tuvo  y  sigue  teniendo  peso  en  nuestro  país  dejó  un  prejuicio  anti -clerical  para  narrar  la

Independencia. Pero el cura que más desprestigio tuvo fue el principal personaje: José Matías

Delgado.  Le inventaron  propiedades sin la menor documentación (no existe catastro de esa

época),  lo  hicieron  desaparecer  de  San  Salvador  en  noviembre  de  1811,  ocultaron  que  fue

hecho preso al cabo de la rebelión y que los estudiantes de la Universidad de San Carlos lo

eligieron rector como signo de protesta y de solidaridad con la gesta de San Salvador. Cuando

se habla del movimiento de la Independencia se refieren exclusivamente al 21 de septiembre

de 1821. E incluso se refieren con demasiada frecuencia a un solo pasaje del Acta y esto para

denigrar  todo  el  proceso  y  a  los  próceres.  Algunos  han  de  pensar  que  con  este  simplismo

hacen  obra  revolucionaria.  No  se  dan  cuenta  que  con  eso  se  privan  de  aprender  de  nuestra

historia nacional.

 

El  proceso  se  inició  incluso  antes  del  Primer  Grito  de  1811,  pues  estos  días  de  rebelión

principalmente en San Salvador, pero no únicamente, pudo tener lugar por la divulgación de

las ideas de la Revolución Francesa y de la Independencia de los Estados Unidos (recordemos

que el pensamiento revolucionario estadounidense era tal vez el más avanzado). Hubo gente

que copiaba a mano libros enteros para difundir esas ideas, corriendo el riesgo de prisión por

los agentes de la Inquisición  y de la Corona. Se difundía también lo poco que llegaba de las

luchas que iban ocurriendo en el Sur del continente. Es menester reconocer que las luchas por

la Independencia estaban preñadas de  contradicciones antagónicas, la fundamental era la que

oponía a la Corona a las fuerzas independistas de todo el continente y esto se reproducía en

cada  región  o  Virreinato.  Pero  hay  quienes  olvidan  que  en  enero  de  1814  hubo  otro

movimiento armado en San  Salvador (reprimido tal vez con mayor violencia que el anterior

de 1811). Pero entre estos “Gritos” en Centroamérica hubo elecciones a las Cortes de Cádiz y

los diputados enviados eran de temple progresista. La participación de diputados americanos

en  Cádiz  es  un  logro  importante  de  la  lucha,  el  estatuto  de  las  colonias  legalmente  va

cambiado por la presión de los independistas. Pero hay que agregar otra cosa que es externa,

pero que tuvo repercusiones internas, se trata de la ocupación napoleónica de España, durante

ese tiempo los contactos mercantiles de las colonias tuvieron expansión hacia otros puertos

que antes les estaban prohibidos y los consiguientes efectos materiales e ideológicos.

 

Se trata pues de un proceso largo, los logros se van acumulando,  la correlación de fuerzas ha

ido creciendo en favor de los independistas. España ha ido perdiendo las batallas, la Corona se

ha desprestigiado y ha ido perdiendo sus principales colonias en el Sur y sobre todo el poderío

militar. Cuando llega el momento crucial para Centroamérica, la Corona no puede realmente

oponerse  a  la  simple  Declaración  de  Independencia.  El  salto  cualitativo  se  dio  en

Centroamérica de manera más o menos pacífica. Y las declaraciones de Independencia se han

ido acumulando en varios ayuntamientos de la Capitanía General, esto lo dice claramente el

Acta y en ese mismo lugar se pone de manifiesto el apoyo popular que gozan los delegados

presentes en el Palacio Nacional de Guatemala: “Leídos los oficios expresados: discutido  y

meditado detenidamente el asunto, y oído el clamor de Viva la Independencia,  que repetía

lleno de entusiasmo el pueblo que se veía reunido en las calles, plaza, patio, corredores y

antesala  de  éste  palacio,  se  acordó  por  esta  Diputación  e  individuos  del  Excelentísimo

Ayuntamiento”, luego de esto viene una amenaza de lo que pudiera suceder si no se procedía

de inmediato y de manera pacífica a declarar la Independencia: “Que siendo la Independencia

del Gobierno Español la voluntad general del pueblo de Guatemala, sin perjuicio de lo que

determine sobre ella, el Congreso que debe formarse, el Señor Jefe Político le mande publicar

para prevenir las  consecuencias,  que serían temibles en el caso de que la proclamase de

hecho  el  mismo  pueblo”.   Esta  última  frase  se  ha  interpretado  como  una  voluntad  de  los

próceres  de  dejar  de  un  lado  al  pueblo.  Pero  esta  interpretación  es  miope,  pues  no  quiere

leerlo  todo  y  se  contenta  con  una  frase  cuyo  carácter  retórico  salta  a  la  vista.  Pues  los

representantes  de  la  Corona  ya  no  pueden  postergar  la  declaración  y  están  obligados  a

obedecer lo que entonces era la voluntad del pueblo.

 

O  sea  que  la  acumulación  de  fuerzas  de  los  independistas  centroamericanos,  por  razones

internas y externas, los puso en la postura de resolver la contradicción anta gónica con un salto

cualitativo que no tuvo la forma violenta que sí se dio en otros lugares y en fechas anteriores

en que la Corona tuvo las fuerzas para resistir.

Carlos Abrego

 

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